Una tarde de 1995 me conecté a internet desde mi casa por primera vez. El sonido del discado alienígena realizado por el módem para apenas navegar un par de horas, es hoy himno de toda una generación. Ese día descubrí que había una aplicación donde me podía conectar a un servidor para escuchar radios online. Escribí las coordenadas de un sitio canadiense y a los pocos segundos desde el Soundblaster de mi computadora salía una voz en vivo y en directo desde Ontario. Entendí que la red de redes, también iba a ser el medio de medios. Sensación inolvidable.

Si uno se paraba en aquella época y debía proyectar que ocurriría con las computadoras durante los próximos 20 años, el ejercicio consistía de exagerar las siguientes variables: mayor velocidad, menor tamaño, mejor conexión y más barato. Hoy el decantamiento de aquellas proyecciones se encuentra metiendo la mano en el bolsillo: allí está la computadora contemporánea que nos conecta de forma ubicua y permanente. Un ladrillo de silicio y aluminio que oficia de antena entre nuestra conciencia y la del mundo.

¿Qué ocurre si proyectamos ahora los próximos 20 años?

El hardware para el paradigma de la computadora como libro o elemento de escritorio llegó a su punto de abstracción máximo. El peso de los átomos es anecdótico frente al uso de los bits: cuando hoy sujetamos una tableta rápidamente olvidamos el peso de la máquina para sumergirnos en su software (ahora también sensible al tacto). Es consecuente, entonces, que en el contexto actual donde la conexión es ubicua, que la evolución nos lleve a confundir nuestro cuerpo plenamente con el de la máquina. Pasar del paradigma de la computadora como herramienta a la computadora como biología.

La moda y la tecnología tienen algo muy profundo en común: son una manifestación de la novedad. Ambos campos dominan un lenguaje necesario para la supervivencia tanto en el cambiante hábitat social como en el de la naturaleza. Y la fusión entre computadoras y vestimenta ha dado su puntapié inicial con productos como Apple Watch, Google Glasses o el Oculus Rift adquirido por Facebook. Estas son las tres compañías mejor perfiladas para definir nuestra relación con la información para las próximas dos décadas. Y será un síntoma propio de nuestra evolución el de erguirnos aún más hacía esa dimensión constituida por información.

FinRealidad_Autores_2

El arquetipo del nerd siempre consistió de subrayar el uso de anteojos. La información no existe sin observación. Y la percepción es la última frontera: si la Realidad Virtual triunfa, estaremos frente a un medio capaz de inyectarle a la totalidad de nuestros sentidos cualquier forma soñable. Pero lo raro no será la artificialidad de los mundos que podamos recorrer, sino la realidad de las conciencias que podamos habitar. El Oculus Rift es hoy un aparato relativamente pesado, pero las propias fuerzas industriales que han miniaturizado a la computadora al tamaño de un teléfono serán las que puedan hacer del Oculus tal vez algo similar a los anteojos Ray-Ban.

¿Cómo será intercambiar puntos de vista en tiempo real? ¿Literalmente poder ver desde mis ojos lo que otros miran, y viceversa, para hablarnos y dirigirnos sobre conciencias entrelazadas? Poder ser John Malcovich un rato, volarse la cabeza al introducir nuestra mirada en un drone o encarnarse dentro de las prácticas más radicales de la pornografía seguramente despertará ese gran don de la humanidad que es el de crear nuevas experiencias del ser. Así, una vez más, vamos acortando la brecha entre lo imaginado y lo posible. Pero en retrospectiva me pregunto:

¿No es acaso ese el fin de la realidad?

Compartir